Carla Donoso y su experiencia en Uganda: “La posibilidad de ir a África y hacer algo significativo, era atractiva”

La docente de Antropología UdeC, Carla Donoso, partió el año con una increíble experiencia, tanto a nivel personal como académico: viajó hasta el país africano de Uganda para enseñar en el Magíster de Antropología Médica de la Universidad de Gulu. Una aventura que no sólo la ayudó a conocer otro continente y su historia, sino que, además, le reveló el lado más fuerte del colonialismo académico y cómo se entrecruza éste con las problemáticas de este país.

Donoso llegó hasta allá gracias a la invitación de una colega del Magíster en Antropología Médica de la Universidad de Ámsterdam, a quien conoció 15 años atrás, cuando ambas estudiaban en Holanda: “Ella envió un mail preguntando, a todos los compañeros, si estábamos interesados en hacer clases allá. Yo no lo pensé y dije inmediatamente que sí. Mi colega me respondió a los 5 minutos, súper sorprendida de que quisiera viajar, considerando que era de Chile y de que sería complicado implementar el plan. Pero yo siempre había querido ir a África. Y la posibilidad de ir allá y hacer algo significativo, era atractivo. Así que acepté”, explica.

No fue fácil: aunque desde Uganda le pagaron la estadía, la visa y las clases, lo más caro eran los pasajes, que rondaban los 2 mil dólares (alrededor de 1 millón 300 mil pesos). Pero tras mucha planificación y coordinaciones con la universidad, emprendió el viaje hasta Uganda, que ella calcula que le tomó unas 38 horas, entre escalas, esperas y cambios a diferentes husos horarios: “Fue extenuante, pero en mi caso, lo disfruto. Me gusta viajar, conocer, observar. Yo aprovechaba cada oportunidad que tenía de conversar con la gente, saber de dónde eran, por qué estaban viajando”, relata.

Un caótico aterrizaje

La antropóloga viajó desde Brasil en una aerolínea de Etiopía y al llegar allá, continuó su viaje un poco más al sur, hasta Uganda. Al preguntarle si acaso tuvo miedo de conocer uno de los países afectados por el ébola, me admite que no se le pasó por la mente hasta que aterrizó allá: “Cuando llegué, conocí a una investigadora alemana que estaba estudiando esta enfermedad en Gulu, la ciudad donde me estaba quedando y enseñando. Allí había varios casos y también, sobrevivientes, que eran los que a ella le interesaba entrevistar. Ahí recién lo dimensioné. Yo siempre relacioné Uganda con el VIH, porque cuando yo trabajaba con el tema, sabía que ese país tenía una de las políticas más efectivas de prevención y habían logrado, por ejemplo, desarrollar campañas centradas en el uso del condón”, explica, agregando que sí iba preparada para la malaria, ya que tuvo que comprar el tratamiento profiláctico en Chile.

Donoso explica que se fue con la idea de que enfrentaría algo muy distinto a lo que estaba acostumbrada; sabía que tenía que ser flexible y tomar resguardos, como no salir a pasear con todo su dinero o pasaporte encima. Pero, aun así, se llevó algunas sorpresas:” Yo no conocía los niveles de delincuencia de Uganda, especialmente de Kampala, que fue la primera ciudad a la que llegué. En los supermercados, los guardias tienen armas grandes, metralletas y es común que revisen con detectores de metal a los hombres que entran a comprar, para comprobar que no andan armados”, cuenta.

Otro problema que tuvo en Kampala, fue lograr moverse por la ciudad: “Me sorprendió que fuera tan caótica; no hay veredas y hay que caminar entre los autos y las motos. Las motos, boda-boda, como le dicen allá, son el transporte más utilizado. Se utilizan como taxi: le puedes hacer señas a cualquier persona en moto y te trepas atrás. Salí a caminar y no sabía dónde cruzar, porque no hay ningún letrero, semáforo ni paso de cebra. Además, en Uganda no hay planificación urbana como a la que estamos acostumbrados en Latinoamérica, que suele ser segregada. Allá, podías pillar un barrio acomodado y justo atrás, un campamento, un slum, con gente viviendo en condiciones muy precarias. Así que, al transitar por la ciudad, no existen las ‘zonas seguras’”, detalla.

Tras dos días de locura, Carla Donoso optó por moverse a la región de Gulu, donde estaba invitada a enseñar en su universidad local.

De los boda-boda a los doctores brujos

La antropóloga explica que en Uganda se hablan 50 idiomas distintos, aunque la lengua franca es el inglés, como síntoma de la larga colonización que sostuvo Gran Bretaña en esta zona. También, existen decenas de distritos, habitados por distintos grupos étnicos: “Podríamos decir que Gulu no es una ciudad representativa del país, ya que allá vive el grupo étnico de los acholi, los cuales deben ser el tercer o cuarto grupo étnico más grande”.

Al llegar a Gulu, esta académica se sintió mucho más acogida, ya que era una ciudad más pequeña y caminable. “Eso sí, allá la locura de los boda-boda era la misma, pero terminé acostumbrándome. Nunca me he sentido muy atraída por las motos, pero siempre digo ‘donde vayas, haz lo que vieres’. La gente es muy hospitalaria y amigable. Me sorprendió mucho su simpatía. Se acercaban a preguntarme de dónde era, porque era difícil adivinar. Me preguntaban mucho por Alexis Sánchez, sobre todo los hombres, porque les gusta mucho el Arsenal”, relata.

Fue en la Universidad de Gulo que ella dictó el curso de “Introducción a la Antropología de la Salud y la Enfermedad”, un curso vital del Magíster de Antropología Médica. Al preguntar por esta especialidad, me explica que se trata de “la construcción social de la salud y la enfermedad. Aunque estas son hechos universales, cada grupo cultural experimenta las enfermedades de distintas formas, le da un significado propio y desarrolla sus propios sistemas terapéuticos de acuerdo a sus creencias. Tiene una corriente bien aplicada, que es cómo hacer confluir el sistema médico occidental, que es el dominante, con estos otros sistemas médicos tradicionales o alternativos, que también tienen una participación en las decisiones y el tratamiento que las personas eligen”, explica.

El caso de Uganda es bien particular, ya en este país se discute cómo erradicar la influencia negativa que tienen los witch doctor, doctores brujos, que incluso en el ámbito de la Antropología Médica, son mal vistos. Donoso conversó mucho con sus alumnos, quienes, a pesar de que a veces se trataban con ellos, admiten que “tienen prácticas nocivas. Uno de los problemas, es que muchos de sus rituales implican sacrificios humanos o algún tipo de mutilación, incluso, algunos implican violaciones a mujeres. No siempre es así, pero la idea del doctor brujo es muy negativa, a diferencia de otros sistemas médicos; además, estos afirman que puede sanar cualquier cosa, incluso enfermedades infecciosas o el ébola y hay gente que ha enfermado muy gravemente o que ha muerto por acudir a ellos”, relata.

La antropóloga explica que es distinto al caso de la medicina mapuche en Chile, “porque está demostrado que las hierbas que las machis utilizan tienen la capacidad de sanar y ellas explican que hay enfermedades mapuche y enfermedades huincas, y estas últimas, deben ser resueltas por medicina occidental. Esto permite la complementariedad, el diálogo”, añade.

Junto con esto, hay que tener en cuenta de que el sistema de salud ugandés tiene una serie de falencias. “Por ejemplo, la mortalidad materna es muy alta en Uganda. Entonces, las necesidades que tienen en salud son urgentes y muy distintas a las nuestras”, precisa.

Enseñar y descolonizar

Esta académica de la UdeC iba a dictar un curso ya armado, bastante similar a lo que había estudiado en Ámsterdam. Pero cuando empezó a hacer clases, se percató de que “en muchos aspectos, ese programa no se aplicaba a la realidad de Uganda. Así que comencé a adaptar, a reformular, a echar mano a las teorías latinoamericanas de Antropología Médica. Me topé de frente con el problema del colonialismo. Se notaba que todo estaba armado desde la mirada de los europeos, especialmente holandeses, y de la mirada de la Cooperación Internacional, que es, básicamente, ‘nosotros vamos a su país y les decimos cómo resolver sus problemas’, pero eso no hace ningún sentido en el contexto”, cuenta.

Esto la forzó a aprender y leer más sobre la situación de Uganda y cuáles eran sus principales problemas en el campo de la salud: “Fue impactante ver esto in situ y ver las deficiencias que se tienen. Por ejemplo, allá se está intentando implementar un sistema de seguros de salud bastante similar a Fonasa. Se aspiraba a que ofreciera cobertura a la mayoría de la población, pero no han tenido muy buena recepción, porque a la gente, esta idea de pagar ‘por si acaso’ no les hace ningún sentido. Conversé con mis estudiantes sobre ciertas creencias e ideas propias de la sociedad ugandesa y ellos me explicaban que la idea abstracta de ayudar a la nación, no calzaba, pero que le hacían mucho más sentido los proyectos de salud comunitarios, que funcionan en algunos sectores del país. Tienen que ver con el cara a cara, con el saber que a tu vecino lo está ayudando. Lo conversamos en la clase y esto les agradaba mucho más. Así que, como ves, todo este discurso del Banco Mundial, desde afuera, no funciona”, relata.

Para Donoso, la experiencia fue tremendamente enriquecedora, ya que se pudo generar conocimiento desde la experiencia, la práctica y el diálogo, en un país donde se sienten africanos y donde se sienten unidos por esta identidad, al mismo tiempo que luchan contra la constante colonización epistémica: “Yo lo había estudiado en la literatura, pero es distinto verlo ahí. La mayor dificultad en la academia y en la antropología, es no haber desarrollado este proceso de descolonización. Lo había visto en Latinoamérica, pero cuando lo contrastas con Uganda, se hace mucho más visible”, agrega.

La mayoría de los estudiantes de Donoso eran profesionales que trabajaban para ONG’s internacionales, muchas veces como ‘últimos de línea’: “Son quienes ejecutan proyectos que son diseñados en Europa, por quienes tienen los recursos y la formación. Son quienes tienen contacto directo con la comunidad, pero aún así, no tienen el poder de incidir en estos programas, materializando una relación colonial. También, trabajan de manera muy precaria”.

La candidata a doctorado relata que en Gulu es normal ver las oficinas de estas organizaciones internacionales, “con tremendas casas, muy por encima del estándar de vida de la ciudad y que no se vinculan directamente con la comunidad”, detalla.

Otro tema que le preocupó, fue la falta de investigación social y de datos duros: “Para mis clases necesitaba muchas cifras para contextualizar y muchas veces, no estaban disponibles o no eran confiables. Por ejemplo, cuando quise analizar cuánta gente estaba afiliada a un seguro de salud, pillaba datos totalmente distintos y eso pasaba hasta en fuentes gubernamentales. Y si no hay cifras concretas, es muy difícil generar políticas correctas para la población. También, hay mucha fuga de información. Gente que va a investigar a África, pero cuyos resultados no son devueltos a la población; presentan lo que descubren en sus doctorados, en Europa, pero no hay vínculo con los mismos países que estudian. Y tampoco hay una problematización respecto a la responsabilidad que significa hacer investigación social y tu responsabilidad de generar información que realmente sirva para las comunidades”, precisa Donoso.

El plan de esta académica de la UdeC es continuar viajando a Uganda, ya que ya le ofrecieron más clases y hay estudiantes que quieren trabajar con ella, lo cual es su motivo de orgullo: “Mi idea es seguir viajando a Uganda y ojalá, poder poner mi experiencia al servicio de generar información que les sirva”, concluye.

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